
¿SERÁ JUSTICIA?
-La vida es una mierda -dijo, y aspiró a fondo el “faso”, hasta quedarse sin aire.
-¿Una mierda?
Nacho trató de fijar sus ojos en los ojos de Lucia pero sus pupilas desorbitaban.
-sí.
-Pásame el “faso” y deja de hablar cagadas.
Nacho hizo otra “seca” y se lo pasó.
Lucia fumó con paciencia, disfrutando el instante con calma, sin rencores con la vida. Cuando sintió llenarse sus pulmones de humo aguantó la respiración hasta que sus ojos dejaron escapar unas confundidas lágrimas. Tiró el humo lentamente y comenzó a reírse con carcajadas enormes. -¿Y vos de que te reís?
-¿Y vos que sabes de las inmundicias de la vida?
-Y que se yo...
Nacho intento una explicación pero Lucia lo interrumpió:
-¿Te enteraste lo de Lucho?
-No. ¿Qué pasó?
-Parece que el “viejo” lo va a meter en un internado.
Nacho quedó tan sorprendido que solo pudo decir: “ufa”.
-Eso es una mierda -dijo Lucia desafiante.
Los dos se quedaron pensando en sus propias miserias tan dispares y complementarias. Cada uno a su manera trataba de darle un sentido a la vida, ella con todos los problemas de una existencia burguesa, el con todos los problemas de una existencia solitaria, y recordando que alguna vez creyeron en serio que el otro era el sentido de la vida propia. Al término de un segundo o una vida Nacho volvió al mundo y le pidió el “porro” a Lucia.
Lucia quiso hacer otra “seca”, pero el “faso” se había apagado. Buscó en el colchón maltratado que vomitaba goma-espuma, en el piso lleno de papeles con poemas y cuentos inconclusos, con partituras de canciones imposibles, con medias, calzoncillos y camisetas sucias desde siempre...
-Toma -dijo Nacho pasándole el encendedor, pero Lucia no reaccionaba.
-¡”Eh”!, Lu.
-¿”Ah”?
-Prende el “faso”... o mejor dame que lo prenda yo.
-Cuando vas a ordenar este desastre -dijo mientras se lo pasaba con el menor esfuerzo posible.
-¿Y para que?
La verdad de Nacho era esa: ¿y para que? Para que hacer cualquier cosa, para que dejar de hacerla, para que tomar decisiones que no llevan a ninguna parte, para que intentar elegir algo que ya estaba elegido desde siempre y para toda la eternidad, para que seguir jugando un juego que el jamás podría ganar.
-¿Qué clase de internado? -pregunto Nacho.
-No se, creo que uno militar.
-¿Es por el “faso”?
-Y... debe ser.
-Eso sí que es una mierda.
-“See”. Ya te lo decía yo. A vos te tendrían que mandar a un internado. Mira el desastre en el que vivís.
-Pero a vos te gusta.
Nacho seguía fumando con ansias, con alguna prisa secreta e incomprensible. Se acercó a Lucia y le tomó la mano:
-Mira estas manos, tan delicadas, tan de nena. Nadie nunca hubiera imaginado que estas manos recorrerían alguna vez mi cuerpo.
Lucia se sonrojó. Ella ya no lo amaba. Alguna vez lo amo por todo lo que ahora le molestaba: su soledad, su tristeza, su poesía, su desorden, su dulzura extrema, su destino errante, su pobreza en casi todos los sentidos de esa maldita palabra menos quizás en el intelectual, pero ni de eso estaba segura ahora.
Nacho se llevó la mano de Lucia a la boca y la comenzó a besar. “Nada como coger dado vuelta”, pensó.
-Para la moto -dijo Lucia seca y distante.
-¿Qué?
Lucia Pensó que era el momento de decir su verdad, pero no encontraba las palabras. “Pobre tipo”, pensó.
-¿Tenes “forro”? -dijo finalmente.
-“Ufa”, che.
-Pásame el “faso” -dijo para salir del tema o para dejar de pensar, o tal vez, empezar a pensar.
-Ya casi no queda.
-No importa. Pásalo que yo lo termino.
Nacho aspiro con bronca, tratando de no dejarle nada a Lucia, pero antes de sentenciarla al vació de su mezquindad se arrepintió.
-Tomá.
-Sabes que desde lo de “La Fer” no “cojo” más sin cuidarme. Vos sos el boludo si no compras -dijo ella, ahora con algo de pena.
-Sí, pero yo no soy como el “pezón” de Pablo. Además sabes que ando sin un “mango”.
-En el hospital te dan “forros” gratis.
Podría ser que Lucia tuviera razón pero Nacho sabía que había algo más en su negativa...
-¡La puta madre! -Gritó Lucia de repente, mientras tosía agitadamente tratando de expulsar la braza que se le metió en la garganta por aspirar con demasiada emoción la miserable “tuquita”.
-¡¿Qué pasa Lu?!
-Pásame la cerveza –gritó sacudiendo las manos hacia arriba y hacia abajo.
Nacho comenzó a reírse.
-Pásame el “porrón” estupido.
-No podes ser tan boluda -dijo mientras le pasaba la botella.
Lucia tomó con prisa, tratando de apagar el fuego en su interior, dejando escapar cerveza por los costados de sus labios, pensando en lo pobre del tipo que estaba a su lado y tratando de buscar aquello por lo que alguna vez lo amo.
-¡Boluda! Me mojas la cama -dijo Nacho.
Lucia se quedó mirándolo con los cachetes inflados por la cantidad de cerveza que tenia en la boca. Sin pensarlo demasiado escupió toda su bronca, escupió toda su desilusión, todo lo imperdonable que tenia dentro en la cara de Nacho.
-la “concha”.
Lucia empezó a reírse nuevamente. Nacho la miró y a pesar de que estaba embolado no pudo contener la risa.
-Sos boluda, ¿no?
Así estuvieron, nuevamente, un segundo o una vida.
-O tal vez sea todo una mentira -dijo tratando de cortar la risa Nacho.
-Decidite. Una mierda o una mentira -dijo entre carcajadas ella.
-Una mentira de mierda. “Bah”, lo de la mierda depende de cada uno, pero una mentira seguro.
-¿Una mentira como?
-Como que nada tiene sentido. Cada uno desempeñando el papel que el director de este drama nos dio sin permitirnos elegir, sin preguntarnos si nos gustaba el guión. Después cada uno se llena de metas, de ideales, de dioses, se construye una moral y anda por el mundo predicando el bien y haciendo el mal, con la esperanza de que exista el cielo y de que Dios nos guarde un lugar en el. O tal vez tomar la salida señalada: trabajar, comprarnos una vida común, una casa, un auto, unas lindas vacaciones a fin de año; una esposa inteligente y hermosa, madre moderna, gran ama de casa, experta en todos los misterios de la cama, que en sus sábados ociosos sentada en algún café discutirá con sus amigas sobre cual de los esposos es más exitoso; y unos niños geniales, sanos, creativos, mejores alumnos de algún colegio privado; y una amante veinte años más joven y veinte veces más bella que cualquiera de las mujeres de nuestros sueños, dispuesta a darnos el alma a cambio de nuestros inesperados billetes; y todo el mundo orgulloso de nosotros, ¡que ejemplo!, empezar con tan poco, pero esforzarnos y duplicarlo y luego volverlo a duplicar, y así hasta el infinito, y después doble infinito; y ahora somos dueños de todo eso; y un día cualquiera al despertarnos, mientras nos afeitamos para ir a trabajar descubrir que somos esclavos de la vida que nosotros mismos compramos, de las cadenas inalterables que nosotros solos nos pusimos, del destino seguro que todos nos piden hoy que elijamos...
Ahí estaba lo que ella amaba. Mientras Nacho hablaba Lucia olvidó por un instante la conversación que había tenido hace unos días con su padre: “pero si sos una mujer hermosa, inteligente, podes tener lo que quieras –le había dicho su padre-, vos te mereces algo mejor que ese muerto de hambre. Además no vas a estar peleada toda la vida con tu Mamá por un malandrín así. Mira lo que le pasó a tu amiga Fernanda, quedar embarazada del otro hippie drogadicto ese, amigo de tu novio. Y vos debes sentirte algo responsable por ella, acordate que vos se lo presentaste. Pero ni siquiera eso... borrarse así, eso no es de hombres. Lo que pasa es que se la vio fea, no le quedaba otra que empezar a trabajar, y los vagos como ese o como tu novio nunca trabajaron ni van a trabajar...” y así siguió por horas hasta que concluyó con: “esos que se dan de poetas son todos iguales, no me obligues a hacer lo que hizo el padre de Luis.”
-Prende otro “faso” -dijo lucia interrumpiendo la exposición filosófica de Nacho y sus propios pensamientos.
Nacho sacó de abajo del colchón una caja de “Lucky” aplastada y sin forma. Quedaban nada más que tres “fasos” de los diez que había comprado la semana pasada. Eligio el más flaco porque quería guardarse los poderosos para cuando estuviera solo. Todavía pensando es si todo seria una mentira de mierda o no, lo prendió.
-¿Sabes que estaría “grosso”? -dijo Lucia.
-No.
Lucia dudó entre confesarse o no.
-Dame una “seca”.
-Para un “cacho”. Nacho pitó el cigarrillo y se lo pasó.
Lucia seguía fumando con calma y considerando todavía su posible confesión. La “seca” que hizo fue larga y profunda y le dio una clarividencia nueva y verdadera. Ella sabia que Nacho no era igual a nadie, menos aun a Pablo. Pero sí se sentía culpable por “Fer”, y su culpa recayó en Nacho, aunque él no supiera nada: ni de la conversación con su padre, ni de lo que ella sentía, ni de que era el nuevo culpable del hijo bastardo de Fernanda y que por eso ella ya no lo amaba. Alguien se lo tendría que decir algún día. Pero ese día no era hoy.
-Estaría bárbaro matar a alguien -dijo casi sin querer Lucia.
La terrible confesión de Lucia tuvo un efecto inesperado en Nacho que pensativo le indico que le pasara el cigarrillo con un ademán de la mano. Lucia hizo una nueva “seca” antes de pasárselo.
Nacho cerró los ojos y fumó, mientras en su cabeza se confundían imágenes de pistolas, de muertos, de vidas sin sentido, de palabras de Sartre, de filosofía de Shopenahuer con las palabras de Lucia. Hizo una “seca” enorme, le pasó el “faso” a Lucia y se levantó sin decir nada, impulsado por algún instinto ancestral, por alguna impronta incomprensible. En la pieza del fondo debía estar todavía la pistola del abuelo con una o dos balas. Fue a buscarla y la encontró donde siempre estuvo esperando su momento de gloria. Se sorprendió al comprobar que estaba completamente cargada. Volvió escondiendo la pistola detrás de si y se sentó en el colchón maltratado. Sin preámbulos ni explicaciones le mostró la pistola a Lucia que inmediatamente le pasó el “faso” y agarró la pistola.
-La vida es... no, no. Mi vida es una mentira de mierda -dijo Nacho, buscando algún tipo de aprobación en Lucia.
Ella no lo escuchó.
-¿Esta cargada?
-¿Me amas?
-¿”Ha”?
-¿Si me amas?, “pendeja”.
Lucia sintió que la respuesta a esa pregunta era sí, pero detrás de su sentimiento resonaban como campanadas fúnebres las palabras de su padre, el llanto de Fer, la pobreza de Nacho, la pelea con su madre, la cadena perpetua de Lucho, el paradero incierto de Pablo...
-Mi vida es una mierda y vos pensas que estaría bárbaro matar a alguien. Esas balas no están contra mí, ni contra vos, ni contra el sistema, ni contra la desnutrición infantil. No es por salvar a las ballenas, ni por pintar con todos los colores del arco iris esta habitación gris y desordenada, ni por llenar tu vida y la mía de poesía que apretaras el gatillo. No es contra el pobre infeliz que robo, ni siquiera contra el que mato; no es a favor del otro pobre infeliz que fue robado, ni siquiera a favor de la familia del muerto que dispararas. No es porque vos una vez me amaste y ahora no queres hacerlo sin “forro”. Nada de eso es verdad, no más verdad que cualquiera de esas balas. Todas esas razones son las caretas de nuestra única pena. No es culpa de tu viejo ni del mío, menos aun de los piqueteros que cortan las calles, ni por el alcohol, ni por esta hierba. El destino y Dios ya estaban acá antes de que intentemos culpar a alguien, antes de que busquemos una razón para nuestra existencia, antes de que vos y yo nos encontremos, antes de que esa pistola este en tus manos. Lo peor que le puede pasar a un hombre es encontrar una excusa para sus miserias. Sécate las lágrimas y mirá más allá de ellas. La vida siempre sigue, no espera a nadie. Esa es la única razón y sin razón, principio y final de toda existencia, de toda pena y de toda alegría. ¡Que capo Cordera!: “el tiempo no para”. Ni para vos, ni para mí, ni para nadie. No lo para la cirugía estética, ni las acciones en alza, ni los plazos fijos, ni la dolarización, ni el comunismo, ni la guerra de Irak, ni los tres autos que tenes guardados en tu cochera. Menos aun lo para el pan de hoy y el hambre de mañana, ni el circo para el pueblo, ni el miedo a perder el trabajo, ni el juntar monedas para una “birra”. El tiempo no para y la vida no espera a nadie ni nada, como no espera nada este segundo ni la respuesta que todavía no me diste.
Nacho sonrió. Sentía que su exposición había sido clara y contundente e intuía el final de aquella historia. Fumó y le pasó el cigarrillo a Lucia.
Lucia aspiró la hierba sin dejar de mirar la pistola, sin dejar de sentir, sin dejar de oír las campanadas fúnebres: -si te amo, dijo.
-Entonces hace parar mi tiempo.
Lucia hizo la “seca” más alucinógena e importante de toda su vida. Cerró los ojos, apuntó a cualquier parte, y apretó el gatillo.